El presidente ecuatoriano Rafael Correa–junto a varios de sus homólogos de la región–se ha enfrascado en una activa polémica frente a los medios de comunicación. El más reciente episodio de esta polémica ocurrió cuando el mandatario del Ecuador afirmó que “le tienen sin cuidado” las recientes declaraciones de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
Pues sin cuidado le deben tener. Correa, un político, hace política y utiliza su plataforma para promover su posición y su agenda. Tiene mucho de razón al criticar lo que parecen acusaciones premeditadas y seccionadas para atacar aquellos regímenes–que dicho de paso– han obtenido, y siguen obteniendo en América Latina enorme respaldo popular. Pero este respaldo popular no equivale a democracia. Ciertamente no para los opositores del profundo cambio que vive el continente.
El problema es que la credibilidad de Correa es igual o mayor que aquella de los medios. Correa el político no tiene, ni debe tener, un compromiso con la objetividad y la información independiente. Su compromiso es con el pueblo que lo eligió, el cambio que persigue y la ideología que representa. La declaración de la SIP, cae entonces en un marco de antagonismo político interno que desvirtúa cualquier legítima crítica que originalmente hay podido tener. La SIP junto con los medios, que están representando una postura ideológica, se involucran en política y salen perdiendo, pues se ponen en el mismo nivel que los actores que son deliberadamente ideologizados, escudados en discurso vacío e hipócrita que propone una pseudo-noción de “libertad de prensa” como justificativo de los constantes ataques políticos contra el gobierno.
Correa seguirá siendo un presidente, bueno, malo o regular. El pueblo se alineará o se opondrá a su ideología, conforme a los resultados de su gestión. Pero es muy preocupante que el daño a la credibilidad del cuarto poder –representado no solo por los medios masivos ecuatorianos comprometidos con los grupos de poder, pero ahora también por instituciones continentales como la SIP–es tan profundo que su rol ha asumido, sin vergüenza alguna el papel de desinformador deliberante y politizado.